lunes, 27 de marzo de 2017

LAS OLAS DE LIBERTAD QUE SE PERFILAN EN BANGLADESH

Fotografía extraida de Google imagenes
Fuente: yodona. Este artículo ha sido escrito por Igor G.Barbero aunque ha sido resumido por mí y modificado por pequeños párrafos que yo he incluido.
En Bangladesh, las niñas están condenadas a trabajar desde pequeñas, su futuro es un matrimonio justo al estrenar su adolescencia. Un grupo que vendía baratijas a los turistas en la mayor playa del mundo ha recuperado la ilusión sobre una tabla de surf y en un aula improvisada, donde recibe clases gracias a un proyecto de mecenazgo.

Ellas vendían huevos cocidos,  adornos de plástico y otras baratijas en la playa ininterrumpida más larga del planeta de 125 km. Corría el años 2013 en Cox’s Bazar, un destartalado pueblo turístico en el sureste de Bangladesh. Alas jóvenes les preocupaban el qué dirán en una sociedad islámica, la aprobación de sus padres y el miedo al agua. Todas menos una habían abandonado la escuela sin saber leer ni escribir o nunca fueron al colegio. Se acercaban para ganar dinero a la playa  dese aldeas  situadas en colina cercanas.
“Cuando Rashed (gurú local de las olas) me propuso surfear pensé que sería una completa pérdida de tiempo. En ese rato quizá podría ganar cien takas (poco más de un euro), dice Maisha de 14 años, “al final acabé divirtiéndome mucho. De pie sobre la tabla sentí la libertad”.

Igual que en Maisha, el estupor inicial pronto se disipó también en Johanara, Aisha, Sumi, Suma, Rifa, Nargis y Shobe Mejerez. Las ocho dijeron que sí al desafío de Rashed, ese avispado joven que hoy tiene 26 años. Primero practicaron con la tabla sobre la arena, luego aprendieron a nadar y finalmente empezaron a introducirse en el mar. Fueron creando así un idilio con las tablas que ha devenido inquebrantable. Ahora son las chicas surferas de Bangladesh: un grupo de jóvenes de entre 11 y 14 años con sueños impropios, casi prohibidos, para adolescentes de su escalafón social.
Las chicas siguen partiéndose la espalda con la venta ambulante, pero gracias al surf han recuperado parte de su infancia y adquirido autoestima. Se han reenganchado a la educación como consecuencia de una iniciativa de micromecenazgo lanzada en 2015 que ha recaudado más de 20000 dólares. A medida que ellas comenzaron a surcar las aguas, una ciudadana estadounidense dedicó su tiempo de manera altruista a remendar lo que los cánones sociales habían descosido.

La californiana Vanessa Rude, de 34 años, puso pie por primera vez en Bangladesh con una ONG en 2009. Algo la cautivó, porque no pudo dejar de volver hasta que en 2012 fijó su residencia en el país asiático tras iniciar una relación con Rashed que les llevó a casarse el año pasado. Al principio impartió clases de inglés a las niñas en la playa. Después se trasladaron a una torreta de vigilancia abandonada y finalmente fijaron el aula en el comedor de un hotel. “Me di cuenta de las ganas que tenían las chicas de aprender pese a que al principio sus familias eran reacias”, explica Vanessa, impulsora junto a la fotógrafa estadounidense Allison Joyce de la campaña de micromecenazgo, cuyo dinero recaudado sirve para que las surferas reciban raciones mensuales de comida y costeen tanto el transporte desde sus aldeas a la playa como parte de su educación. “Entendimos que para muchas era extremadamente complicado continuar haciendo surf sin ayuda”, sostiene. Hija menor de 12 hermanos en un hogar sin padre, Vanessa creció con el respaldo de “mucha gente” distinta. Ese apoyo lo ha devuelto ahora en Bangladesh. Y gracias a él la mayoría de las chicas se han enrolado recientemente en escuelas impulsadas por ONG locales.

Es fin de semana en Cox’s Bazar. Las chicas llegan con una puntualidad extraña. Sin hacer caso a las horas. Siguen el reloj del sol. Algunas se ponen  un neopreno, otras llevan largos ropajes tradicionales, holgados y finos, que les cubren completamente el cuerpo. En una libreta apuntan su asistencia y salen disparadas. “Tengo adicción tras haber surfeado en cientos de ocasiones. Practico hasta dos veces al día durante unas dos horas”, relata Maisha.
Antes no había tenido oportunidad de hacer deporte de ningún tipo. Hoy, en cambio, sueña con convertirse en surfera profesional y viajar a otros países a conocer el mudo que nunca vio. Le gustaría saber cómo viven las mujeres en otras sociedades, saber cuáles son sus problemas y aspiraciones. Sentada a su lado, su hermana Rifa, de 12 años, fija un objetivo menos ambicioso: ser socorrista. Algo para lo que se está formando junto a Rashed.

De la misma edad que Rifa es Sumi, la única del grupo que siempre fue al colegio, la más temperamental y una suerte de líder. Mientras come palominas sin parar, asegura que el surf ha supuesto un vuelco en su vida: “Me gusta porque es un deporte conocido en todo el mundo. Me ayuda a suavizar el carácter, a conocer a gente nueva.”
Para estas chicas, el lastre de tener que ganar el pan para sus familias a temprana edad no es lo único. ”Mucha gente piensa que las mujeres en Bangladesh no deberían hacer otra cosa que cocinar, limpiar… y casarse cuanto antes”, asegura Bapi, un chaval de 16 años y sonrisa tatuada entre oreja y oreja que compite con sus amigas por atrapar las mejores olas.
La realidad es que Bangladesh, situado en el puesto 142 de 188 del índice de desarrollo humano de Naciones Unidas, tiene la segunda tasa más alta de matrimonios infantiles del planeta y la primera entre niñas menores de 15 años. Según Unicef, casi tres cuartos de las bangladesíes se casan antes de cumplir los 18. Maisha sabe de qué van estas estadísticas. Su familia ha recibido ya varias propuestas para concertar su matrimonio, pero de momento ha conseguido sortearlas, igual que ha esquivado presiones para dejar de surfear.

Esta es la vida de las mujeres en el otro lado del mundo. Llenas de obligaciones que hacen que sus vidas no tengan demasiado sentido y que no puedan desarrollar sus capacidades en bien, no solo de ellas, sino también de la sociedad, sociedad controlada y dictatorial hacia las mujeres.
Estas son las mujeres a las que hay que ayudar, incentivar y mostrar que hay algo más de lo que ven y les enseñan en sus culturas. Otras formas de vida y de vivir , formas de las que ellas deberían tener la libertad de elegir ya que es un derecho humano.
Solo hablando de ello, exponiendo a la sociedad del  primer mundo, podremos concienciarnos de las dificultades reales de ser una misma. Solo hablando de las mujeres y de sus vidas marcadas por prejuicios y culturalismos, seremos capaces de que sus vidas puedan mejorar o por lo menos flexibilizarse, de eso se trata, de poder ayudar y mostrar que con paciencia las cosas pueden cambiar pero todo empieza por uno mismo y por el empeño que se ponga. Cierto es que no en todos los países es tan sencillo pero mostrando al mundo las injusticias, quizás algún día aparezca la vergüenza y sirva para romper muros.

Montserrat A


The waves of freedom taking shape in Bangladesh
Source: iodone. This article has been written by Igor G.Barbero although it has been summarized by me and modified by small paragraphs that I have included.
In Bangladesh, girls are doomed to work from a young age, their future is a fair marriage when they are young. A group that sold trinkets to tourists on the world's largest beach has regained its illusion on a surfboard and in an improvised classroom where it receives classes thanks to a patronage project.

They sold boiled eggs, plastic ornaments and other trinkets on the planet's longest unbroken beach of 125 km. It was in 2013 at Cox's Bazar, a dilapidated tourist village in southeastern Bangladesh. Young wives worried about what they will say in an Islamic society, the approval of their parents and the fear of water. All but one had left school without being able to read or write or never went to school. They were approaching to earn money for the beach and villages located on nearby hill.
"When Rashed (local wave guru) suggested surfing I thought it would be a complete waste of time. In that time I might win a hundred takas (little more than a euro), says Maisha, 14, "in the end I ended up having a lot of fun. Standing on the table felt freedom. "
As in Maisha, the initial stupor soon dissipated also in Johanara, Aisha, Sumi, Suma, Rifa, Nargis and Shobe Mejerez. The eight said yes to the challenge of Rashed, that young man who is now 26 years old. First they practiced with the board on the sand, then they learned to swim and finally they began to enter the sea. They were creating an idyll with the tables that became unshakable. Now they are the surfer girls of Bangladesh: a group of young people between 11 and 14 years with improper dreams, almost prohibited, for adolescents of their social ladder.

The girls continue to break their backs with street vending, but thanks to surfing they have recovered part of their childhood and acquired self-esteem. They have been re-joined to education as a result of a micromanaging initiative launched in 2015 that has raised more than $ 20,000. As they began to cross the waters, an American citizen devoted her time altruistically to mend what social canons had disassociated.
Vanessa Rude, a 34-year-old Californian, first set foot in Bangladesh with an NGO in 2009. Something captivated her, because she could not stop coming back until in 2012 she settled in the Asian country after starting a relationship with Rashed Took them to get married last year. At first she taught English to the girls on the beach. Then they moved to an abandoned surveillance tower and finally set the classroom in the dining room of a hotel. "I realized how much girls wanted to learn even though their families were reluctant at first," says Vanessa, a promoter with the American photographer Allison Joyce of the micromecenazgo campaign, whose money is used to get the surfer Monthly food rations and sewage transportation from their villages to the beach as part of their education. "We understood that for many it was extremely difficult to continue surfing without help," he says. A younger daughter of 12 siblings in a fatherless home, Vanessa grew up with the support of "many people". That support has now returned to Bangladesh. And thanks to him most of the girls have recently enrolled in schools run by local NGOs.

It's weekend at Cox's Bazaar. The girls arrive with a strange punctuality. Ignoring the hours. They follow the clock of the sun. Some wear neoprene, others wear long, loose, thin, traditional robes that completely cover their bodies. In a notebook they point their attendance and they shoot out. "I get addicted after surfing hundreds of times. I practice up to twice a day for about two hours, "says Maisha.
I had not had a chance to play sports before. Today, on the other hand, he dreams of becoming a professional surfer and traveling to other countries to meet the mute he never saw. She would like to know how women live in other societies, to know what their problems and aspirations are. Sitting next to her, her sister Rifa, 12, sets a less ambitious goal: to be a lifeguard. Something for what is forming next to Rashed.
Of the same age that Raffle is Sumi, the only one of the group that always went to the school, the most temperamental and a sort of leader. While eating palominas without stopping, he says that surfing has been a turning point in his life: "I like it because it is a sport known all over the world. It helps me soften the character, meet new people. "
For these girls, the burden of having to earn bread for their families at an early age is not the only thing. "A lot of people think that women in Bangladesh should do nothing but cook, clean ... and get married as soon as possible," says Bapi, a 16-year-old boy with a tattooed smile between his ear and ear that competes with his friends for catching the best waves .

The reality is that Bangladesh, ranked 142 of 188 of the United Nations human development index, has the second highest rate of child marriages on the planet and the first among girls under 15. According to Unicef, almost three-quarters of the Bangladeshi marry before the age of 18. Maisha knows what these statistics are about. His family has already received several proposals to arrange their marriage, but for now has managed to overcome them, just as he has avoided pressure to stop surfing.
This is the life of women on the other side of the world. Full of obligations that make their lives meaningless and unable to develop their capacities for the good, not only of them, but also of society, a controlled and dictatorial society towards women.
These are the women who need to help, encourage and show that there is something more than what they see and teach in their cultures. Other forms of life and living, forms of which they should have the freedom to choose since it is a human right.
Just talking about it, exposing the society of the first world, we can become aware of the real difficulties of being one. Just talking about women and their lives marked by prejudices and culturalisms, we will be able to improve their lives or at least relax, that is, to be able to help and show that with patience things can change but everything starts with Self and for the effort that is put. It is true that not in all countries is so simple but showing the world the injustices, perhaps someday appear the shame and serve to break down walls.


Montserrat A