miércoles, 8 de febrero de 2017

RIFT DE ETIOPIA: COSTUMBRES PARA PASAR A LA MADUREZ

Alejados de las cámaras de los turistas, los jóvenes de la tribu Hamer pasan una dura prueba para rubricar que son adultos. Las solteras que les pretenden son vareadas como muestra de adhesión al clan. Costumbres ancestrales de las que se compone el aspecto cultural del país.
Un toque de corneta rasga el silencio de la tarde. Enseguida resuena un trallazo seco, un azote con el que comienza a brotar una línea de sangre en la espalda de la joven que sopló el pequeño y rústico cornete de metal. Ni un grito ni una queja, ni un aspaviento. Nadie se inmuta. La danza continúa avanzando en círculo con el ritmo de los cascabeles de metal que las bailarinas portan en las piernas. Todas parecen estar en trance, con la mirada perdida. De pronto, otra se lleva su cornetín a la boca, resuena un nuevo latigazo, brota nueva sangre y la danza circular sigue con su rítmico cascabeleo. Son los sobrecogedores prolegómenos del ritual conocido como el Salto del toro.

Los Hamer son una tribu que vive a orillas del río Omo, en el Rift etíope, cerca de la frontera con Kenia. Suman apenas 60.000 almas y poseen una extensión aproximada de cinco mil kilómetros cuadrados de territorio entre los 500 y 2000 metros de altura. Su principal medio de vida es el ganado: vacas, cabras y ovejas, que pastorean sin cesar. Las mujeres se ocupan de los cultivos desde la adolescencia, principalmente sorgo, aunque también siembran maíz, judías y calabazas. Son, además, responsables de traer agua, cocinar, atender la casa y cuidar a los niños, quienes comienzan a participar en el pastoreo a sus ocho años. Los jóvenes de laTribu trabajan en el campo y defienden los rebaños, mientras los adultos pastorean  aran y atienden las peculiares colmenas que cuelgan de las ramas de las acacias. La tierra es de todos y cualquiera puede cultivarla donde quiera.
Uno de los momentos más importantes de la vida de un joven Hamer es el rito, que se traduce en un salto, y que ha de superar para convertirse en adulto, en un miembro de pleno derecho de la tribu, con voz y voto, lo que le capacita para poseer ganado, casarse y tener hijos. El momento y lugar del ritual lo determinan los padres, generalmente tras haber acabado las labores de la cosecha. Se fija una fecha y se prepara la ceremonia a conciencia. Antes, el joven se acerca a todas las aldeas colindantes para dar cuenta del evento e invitar a todos  a participar en él. Los hombres seleccionan un buen número de vacas de tamaño parejo y las reúnen en un claro apartado. Mientras, en otro lugar, se concentran las mujeres jóvenes del clan que no cesan de danzar con sus faldas de piel de vaca y sus camisetas del Barça, del Manchester,… es decir, con sus mejores galas (normalmente exhiben los pechos al aire con toda naturalidad). Llevan unos enormes cascabeles de metal atados debajo de la rodilla, de tal modo que suenan rítmicamente al mover las piernas en la danza. Ese ritmo les guía a una suerte de trance hipnótico. Todas ellas forman parte del mismo clan, son las hermanas, primas, amigas o vecinas del iniciante.

Esta arraigada tradición de hacerse azotar está muy cerca del masoquismo extremo. El encargado de varearlas es el Maza, un joven que ya ha superado la prueba con anterioridad. No siempre resulta fácil, porque El Maza suele resistirse, pero las chicas son muy insistentes. Cuando por fin le convencen, hacen sonar triunfalmente su cornetín para que todos sepan lo que es capaz de hacer en apoyo a uno de los suyos. Es entonces cuando resuena ese sobrecogedor chasquido contra la espalada. No es producido por un látigo, sino por una vara muy fina y cimbreante que atraviesa la piel y deja una marca sángrate sobre las viejas cicatrices de otros vareos. El castigo se recibe con absoluta indiferencia, nadie se altera ni muestra ninguna emoción. No sólo es una muestra de apoyo hacia el aspirante sino también una forma de mostrar la adhesión al clan al que se pertenece. A lo largo de la tarde, algunas chichas pueden recibir un buen número de varazos, pero no cesan en su danza, haciendo sonar sus cascabeles. Y nadie atiende sus heridas.

Cuando llega el momento, todo el mundo se dirige en procesión al lugar donde esperan las vacas, Los miembros del clan se afanan en alinearlas una junto a otra, hasta 14 o más, sujetándolas del rabo y de los cuernos. Los animales no se lo ponen fácil y no paran de moverse, haciendo muy difícil el salto. El saltador permanece apartado, completamente desnudo y debidamente rasurado de la cabeza a los pies. Antes se ha rebozado con arena y se ha bañado en el río en un ritual de purificación. Después le frotan con boñigas para aportarle fortaleza y le cruzan el pecho en aspa con dos cuerdas de fibra de corteza, una forma de protección espiritual. La tribu al completo permanece expectante. Las mujeres siguen danzando. Cuando, finalmente, las vacas están alineadas, el aspirante toma carrera y salta sobre el lomo de la primera; después ha de seguir corriendo por el espinazo de las otras trece hasta tocar el suelo al otro lado. Si todo ha ido bien, ha de hacer la misma carrera en sentido inverso, y así hasta cuatro veces. Cualquier fallo o caída prematura supone no pasar la prueba, con la consiguiente frustración de las chicas y abatimiento del aspirante. De haber superado la prueba, hubiera podido casarse con la chica elegida por sus padres y hubiera podido empezar a reunir su propio rebaño. Claro que antes el padre debería haber pagado la dote a la familia de la novia, lo que podría haber supuesto unas 20 vacas y 30 cabras. Más adelante, a medida que fuera poseyendo más vacas, podría añadir nuevas esposas a su harén.

La apariencia e indumentaria característica de las mujeres Hamer es muy llamativa y no está exenta de connotaciones biográficas personales. Lo más común es que, en las ocasiones especiales, vistan una especie de petos hechos con piel de vaca y sujetos a un enorme collar de pequeñas caracolas marinas que les cuelga del cuello. Apenas sirven para cubrir los pechos, por lo que hay que suponer que se trata más de un detalle estético que de otra cosa. También suelen llevar un número increíble de abalorios, generalmente rojos y negros pero también de otros colores. Lo más llamativo, sin embargo, son los dos  collares de cobre y un tercero de piel que llevan las casadas al cuello. El cuero, con una protuberancia en forma de falo truncado, es el que corresponde a la primera esposa, mientras  la segunda, la tercera o la cuarta, sólo llevan los de cobre. Hay que precisar que incluso el gran collar de cuero de las primeras esposas varía mucho según el estatus social del marido, es decir, del número de cabezas de ganado que posea, pues tal es la medida de la riqueza allí. Otro aspecto chocante de los Hamer es la atención que prestan al cabello Los hombres suelen cubrirlo con una especie de casco de barro decorado con plumas, que muestran que han matado recientemente a algún enemigo o a algún animal salvaje. También acostumbran a pintarse la cara en las grandes ceremonias. Las mujeres, por su parte, impregnan su pelo con una pasta hecha de arcilla y mantequilla. Después fijan las trencitas con una resina. Las casadas se peinan hacia delante, dejando caer las trenzas sobre la frente, mientras las solteras siempre lucen una frente despejada. Otra señal clara de disponibilidad.
La fidelidad estricta  sólo comienza con el matrimonio. Hasta entonces, todos y todas son libres de hacer lo que les plazca. Fuente. Artículo escrito por Fco. Lopez-Seivane (Zen 22 de mayo 2016)

Montserrat A


RIFT OF ETHIOPIA: JUMPING TO MATURITY
Away from the tourists' chambers, the young men of the Hamer tribe undergo a hard test to signify that they are adults. The unmarried women who pretend they are exposed as a sign of adherence to the clan. Ancestral customs of which the cultural aspect of the country is composed.
A touch of cornet rips the silence of the afternoon. Then a dry whine sounds, a whip with which begins to sprout a line of blood on the back of the young woman who blew the small rustic metal horn. Not a cry, no complaint, no fuss. Nobody gets it. The dance continues to advance in a circle with the rhythm of the metal rattles that the dancers wear on their legs. They all seem to be in a trance, their eyes lost. Suddenly, another takes her mouthpiece to her mouth, a new whiplash sounds, new blood sprouts and the circular dance continues with its rhythmic jingle. They are the startling prolegomena of the ritual known as the Salto del Toro.

The Hamers are a tribe that lives on the banks of the Omo River, on the Ethiopian Rift, near the border with Kenya. They number only 60,000 souls and they have an approximate extension of five thousand square kilometers of territory between the 500 and 2000 meters of height. Their main livelihood is livestock: cows, goats and sheep, which graze without ceasing. Women tend to grow crops from adolescence, mainly sorghum, but also sow maize, beans and pumpkins. They are also responsible for bringing water, cooking, tending the house and caring for children, who begin to participate in grazing at the age of eight. Young people from the Tribe work in the fields and defend the herds, while the adults graze and tend the peculiar hives that hang from the branches of the acacias. The land belongs to everyone and anyone can cultivate it wherever they want.
One of the most important moments in the life of a young Hamer is the rite, which translates into a leap, and which has to overcome to become an adult, a full member of the tribe, with voice and vote, Which enables him to own livestock, get married and have children. The time and place of the ritual is determined by the parents, usually after finishing the work of the harvest. A date is set and the ceremony is prepared conscientiously. Before, the young man approaches all the adjoining villages to account for the event and invite everyone to participate in it. The men select a good number of cows of even size and gather them in a clear section. Meanwhile, the young women of the clan, who never cease dancing with their cowhide skirts and their Barça t-shirts, of Manchester, are concentrated, that is to say, with their finest finery (they normally display breasts in the air with All naturalness). They carry huge metal jingle bells tied under the knee, so that they sound rhythmically as they move their legs in the dance. That rhythm leads to a sort of hypnotic trance. All of them are part of the same clan, they are the sisters, cousins, friends or neighbors of the beginner.

This ingrained tradition of being whipped is very close to extreme masochism. The person in charge of varearlas is the Maza, a young person who already has passed the test before. It is not always easy, because El Maza usually resists, but the girls are very insistent. When they finally convince him, they triumphantly sound their cornettin so that everyone knows what he is capable of doing in support of one of his own. It is then when that overwhelming click resonates against the back. It is not produced by a whip, but by a very thin and curving rod that pierces the skin and leaves a sángrate mark on the old scars of other vareos. The punishment is received with absolute indifference, nobody is altered nor shows any emotion. It is not only a sign of support towards the aspirant but also A way of showing adhesion to the clan to which it belongs. Throughout the afternoon, some chichas can receive a good number of varazos, but they do not stop in their dance, making sound their jingle bells. And no one heeds his wounds.
When the time comes, everyone goes in procession to the place where the cows are waiting. Clan members strive to align them next to each other, up to 14 or more, holding them from the tail and the horns. Animals do not make it easy and they do not stop moving, making the jump very difficult. The jumper stands apart, completely naked and properly shaved from head to toe. Before it has battered with sand and bathed in the river in a purification ritual. Then they rub him with sticks to give him strength and cross his chest with two ropes of bark fiber, a form of spiritual protection. The entire tribe remains expectant. The women are still dancing. When, finally, the cows are aligned, the aspirant takes a run and jumps on the back of the first; Then he must continue to run along the back of the other thirteen until he touches the ground on the other side. If everything went well, you have to do the same race in reverse, and so on up to four times. Any premature failure or fall supposes not to pass the test, with the consequent frustration of the girls and dejection of the aspirant. If he had passed the test, he would have been able to marry the girl chosen by his parents and could have started to gather his own flock. Of course before the father should have paid the dowry to the family of the bride, which could have supposed about 20 cows and 30 goats. Later, as he possessed more cows, he could add new wives to his harem.

The characteristic appearance and attire of women Hamer is very striking and is not without personal biographical connotations. The most common is that, on special occasions, they wear a kind of bibs made of cow skin and attached to a huge necklace of small sea shells that hangs them from the neck. They barely cover the breasts, so you have to assume that it is more of an aesthetic detail than anything else. They also usually carry an incredible number of beads, usually red and black but also other colors. Most striking, however, are the two copper necklaces and a third of leather that the married women wear around their necks. The leather, with a truncated phallus-shaped protrusion, is the one corresponding to the first wife, while the second, third or fourth, only carry the copper. It should be noted that even the great leather collar of the first wives varies greatly according to the husband's social status, that is, the number of heads of cattle that he possesses, for such is the measure of wealth there. Another shocking aspect of the Hamers is the attention they give to the hair Men usually cover it with a kind of mud hull decorated with feathers, which show that they have recently killed some enemy or some wild animal. They also used to paint their faces in the big ceremonies. Women, meanwhile, impregnate their hair with a paste made of clay and butter. Then fix the braids with a resin. The married women comb their hair forward, letting their braids fall on their foreheads, while single women always have a clear front. Another clear signal of availability.
Strict fidelity only begins with marriage. Until then, everyone is free to do as he pleases. Source. Article written by Fco Lopez-Seivane (Zen May 22, 2016)

Montserrat A