jueves, 5 de enero de 2017

EL VIEJO QUE CAMINABA PORQUE SÍ

Este relato ha sido escrito por Hernán Casciari y me ha parecido tan simpático y particular que he decidido copiarlo para que lo podáis leer.
Hasta que me apunte en un gimnasio yo caminaba una hora todas las mañanas por el parque Saavedra, veloz y con bronca, porque es horrible caminar rápido sin que se te escape el micro o sin que te persiga un perro. Caminar sin un porqué es vergonzoso, pero desde el infarto tengo que hacer un montón de cosas sin sentido, sin sal o sin gracia.
Para peor, Chichita piensa que vuelvo a tener doce años. Me manda wasaps y me dice que me alimente bien, que no fume, que camine todos los días moviendo los bracitos. Yo le digo que sí, que lo hago, pero ella duda de mi palabra.

La semana pasada le dije: “Mamá, ¿Qué quieres acompañar al parque, así ves cómo camino?. Chichita me dijo que bueno, sin sospechar que mi invitación tenía segundas intenciones. El parque Saavedra es inmenso y yo estaba harto de dar vueltas todas las mañanas por los mismos lugares: la remisería de la calle Freire, el hotel de la calle Pinto, el bar de la calle Conde. Dos por tres me cruzaba a otro gordo que caminaba en sentido contrario, moviendo los bracitos. Nos reconocíamos enseguida. Un flaco que camina puede estar impulsado por la voluntad, pero un gordo que camina está obligado por un doctor. Siempre. Entonces, cuando veía pasar a un gordo con gotas en la frente yo lo saludaba con una inclinación de cabeza, como a un compañero de angustia. (Pasa lo mismo con las embarazadas y los enanos: cuando se cruzan por la calle se saludan, aunque no se conozcan. A esa cortesía se la llama saludo corporativo. A nosotros, los gordos cardíacos, nos pasa lo mismo.)
El problema de caminar por un parque tan grande es que también hay personas que, inexplicablemente, van a hacer ejercicio porque se les antoja. Eso nos da mucha bronca a los gordos. Hay mujeres que caminan para tener el culo levantado, hay muchachos que corren para tonificarse, hay vegetarianos que trotan para desaparecer, hay toda clase de masoquistas.

A mí el que más me llamaba la atención era un viejo, muy arrugado y fibroso, que llegaba al parque a la misma hora que yo. No voy a exagerar: el viejo tenía entre ciento cincuenta y doscientos años. Llegaba siempre al parque bien perfumado y se ponía a hacer estiramientos al lado mío. Desde el primer día nos miramos sin saludarnos, distantes, antes de epezar a caminar. Nos medimos. Fuimos como un Ford y un Chevrolet que aceleran en falso y saben que, cuando el semáforo se ponga en verde, van a salir disparando con imprudencia ilegal. El viejo y yo supimos, al vernos, que íbamos a ser enemigos.

Yo no sé por qué él me odiaba a mí. Yo lo odié enseguida porque había llegado sano a una edad imposible y , en vez de disfrutar y comer jamón crudo y fumar porros y dormir hasta las once, venía al parque temprano a molestar a los que queríamos llegar vivos a fin de año.
El viejo tenía la mandíbula salida y daba la impresión de que, de joven, había sido guardaespaldas o playboy. O aviador. Era de esos tipos que se cuidaron mucho en la juventud, que no fumaron, que comieron correcto. De todos los varones mayores de cuarenta años que hacíamos ejercicio alrededor del parque, este viejo de ciento cincuenta años era el único que a veces sonreía. Era el único flaco y fibroso. El único que caminaba abajo del sol porque quería. Era muy probable que, durante todo el años 2015,  se le haya parado el pito más veces que a mí.

La primera vez que nos cruzamos, el viejo y yo empezamos a caminar para el lado de la remisería de la calle  Conde, los dos al mismo tiempo. Al principio nos hicimos los boludos, como si no estuviéramos iniciando una competencia feroz. Él tenía los huesos largos y la cadera un poco salida; yo soy gordo y tengo los pies planos. Él llevaba un pantaloncito de mil nueve cuarenta y dos; yo también tengo el mismo modelo. Es decir estábamos en igualdad de condiciones.
La primera vez me ganó por medio minuto: yo llegué exhausto. El segundo día me preparé mejor y me ganó solamente por diez segundos. El tercer día los dos nos dimos cuenta que algunas personas se quedaban a un costado y nos miraban: los gordos y los infartados querían que ganara yo; los vegetarianos y los flacos alentaban al viejo. A veces yo lo primereaba pero siempre, al final de la vuelta, el viejo tenía más aire y llegaba primero a la meta.
Con el tiempo supe que los días de sol le costaba más ganarme; en cambio los días nublados me sacaba un minuto de ventaja, el hijo de puta. Un viernes de la tercera semana casi lo alcanzo para algunos fue un empate virtual y se escucharon aplausos desde el bar de la calle Freire.
Entonces una mañana, por miedo, el viejo empezó a llegar al parque acompañado por una bisnieta que lo ayudaba a precalentar. La chica no solamente me distrajo a mí; distrajo a todos los gordos que caminábamos moviendo los bracitos por el parque. Era la bisnieta más linda y más semidesnuda que habíamos visto en la vida. Durante toda esa semana el viejo me ganó por más de minuto y medio; y no podía ni pensar estrategias ni concentrarme.

A la mañana siguiente fue cuando le dije a Chichita que me acompañara al parque. Desde que enviudó, mi mamá se puso muy coqueta y los viejos se deslumbran mucho con ella. Funcionó. Cuando el viejo me vio llegar con Chichita al lado infló el pecho como una paloma, y por primera vez pareció desconcentrarse. Yo supe que por fin podría ganarle y empecé a caminar para el lado de la remisería. Chichita se quedó sentada en un banco, mirándome. Caminé mejor que nunca, rítmico, flexible, sin mirar atrás. Era un gordo al viento, y el viejo en ningún momento me pudo alcanzar.
Cuando di la vuelta completa al parque me detuve feliz. Apoyé las palmas en las rodillas y busqué al viejo detrás de mi hombro, pero no lo vi ¿gane?, le pregunte jadeando a las bisnieta. Ella me señaló la otra esquina, y tuve que achicar los ojos para ver: el viejo y mi mamá estaban entrando al hotel de la calle Pinto. Chichita iba moviendo el culo con gracia “ganaste, pero ahora mi bisabuelo se va a culiar a tu vieja”, me dijo la bisnieta. A la mañana siguiente me anoté en un gimnasio y no pisé más el parque.

Montserrat A


THE OLD WALKED BECAUSE OF.
This story was written by Hernán Casciari and I found particularly so friendly and I decided to copy what may read.
Until that point me at a gym I walked an hour every morning by Saavedra, fast park and anger, because it is horrible to walk fast without you escape the micro or without a dog chasing you. Walking without a reason is embarrassing, but since the attack have to do a lot of nonsense, without salt or dowdy.
To make matters worse, he thinks again Chichita have twelve years. Wasaps sends me and tells me to eat well, do not smoke, you walk every day moving little arms. I say yes, I do, but she doubts my word.

Last week I said, "Mom, do you accompany the park, so you see how way ?. Chichita told me good, not suspecting that my invitation had ulterior motives. The Saavedra park is immense and I was tired of going around every morning in the same places: the remisería Freire Street, the street Pinto hotel, the bar street Conde. Trice I passed another big walking in the opposite direction, moving his little arms. We we recognized right away. A skinny walking can be driven by the will, but a fat walking is bound by a doctor. Always. Then, when he saw a fat pass with drops on her forehead she greeted him with a nod, as a fellow distress. (The same goes for pregnant women and dwarfs when they cross the street greet each other, but not known to the courtesy it is called corporate greeting To us, the big heart, we got it...)

The problem of walking through a park is so big that there are people who, inexplicably, are going to exercise because they crave. That gives us a lot of anger to fat. There are women who walk to get the ass up, there are guys running to tone up, there are vegetarians trotting to disappear, there are all kinds of masochists.
To me the one I drew attention was an old, wrinkled and fibrous, who came to the park at the same time as me. I will not exaggerate: the old man had between one hundred fifty and two hundred years. He was always the good scented park and began to stretch at my side. From the first day we looked not greet us, distant, before epezar walking. We measure. We went as a Ford and a Chevrolet that accelerate false and they know that when the light turns green, they will come out firing with illegal recklessness. The old and I knew seeing us, we would be enemies.
I do not know why he hated me. I hated it right away because had reached an impossible age healthy and instead of enjoying and eating prosciutto and smoking pot and sleeping until eleven, he came to the park early to disturb those who wanted to arrive alive at year end.

The old man had his jaw out and gave the impression that young, had been a bodyguard or playboy. Or aviator. It was one of those guys who took great care in youth, who did not smoke, ate right. Of all males over forty who did exercise around the park, this one hundred and fifty years old was the only one who sometimes smiled. It was the only thin and fibrous. The only walking down the sun because I wanted to. It was very likely that, during the years 2015, he has stopped the whistle more times than me.
The first time we met, the old and I started walking to the side of the street remisería Conde, both at the same time. At first we did the jerks, as if we were not starting a fierce competition. He had the long bones and hip a little out; I'm fat and I have flat feet. He wore a pant nine thousand forty-two; I also have the same model. That is were equal.
The first time I won it for half a minute: I got exhausted. The second day I prepared myself better and I won only ten seconds. On the third day two we realized that some people stayed to the side and watched us fat and infarcted I wanted to win; skinny vegetarians and encouraged the old man. Sometimes I primereaba but always, at the end of the round, the old man had more air and came first to the finish.
Over time I learned that sunny days cost him more win; cloudy days instead drew me a minute ahead, the son of a bitch. Friday of the third week I almost reached for some it was a virtual tie and applause were heard from the bar Freire Street.
Then one morning, out of fear, the old man began to arrive at the park accompanied by a great-granddaughter helping him to preheat. The girl was not only distracted me; He distracted all moving fat little arms that were walking in the park. It was the prettiest and most seminude we had seen in life's great-granddaughter. Throughout the week the old won me over minute and a half; and I could not think or concentrate strategies.
The next morning was when I told Chichita accompany me to the park. Since I became a widow, my mother became very flirtatious and old is much dazzles with her. It worked. When the old man saw me coming with Chichita next chest inflated like a dove, and for the first time he seemed to lose concentration. I knew I could finally beat him and started walking to the side of the remisería. Chichita sat on a bench, watching me. I walked better than ever, rhythmic, flexible, without looking back. It was a big wind, and the old man could reach me any time.
When turned full around the park happy I stopped. I put my palms on his knees and looked at old behind my shoulder, but not .v win ?, I asked gasping at great-granddaughter. She told me the other corner, and I had to reduce my eyes to see: the old and my mom were entering the hotel Pinto Street. Chichita the ass was moving gracefully "won, but now my great grandfather will culiar your old," said the great-granddaughter. The next morning I signed up for a gym and not stepped over the park.

Montserrat A