miércoles, 25 de mayo de 2016

DAMASCO: LA VIDA

Hace años visité Damasco y varias ciudades que en estos momentos y debido a la larga guerra están siendo destruidos. La situación me apena por muchas circunstancias: primero porque lo conocí en su esplendor cultural, su gente amable y abierta, su comida magnifica… pero ahora ha cambiado y veremos si el final está cerca.

Pero hay vida más allá del frente aunque no podemos tirar cohetes. Un baile, un restaurante o ir a clase se han convertido en fugaces reductos de normalidad en la capital de un país destrozado por cinco años de guerra. La idea troncal de este post se ha hecho en base a un artículo escrito por Natalia Sancha  El País semanal del mes de Abril.

Cuando hablamos de un baile, no nos hagamos la idea de nuestro concepto de “local” para escuchar música, hablo de un sótano con varias parejas bailando salsa y que nada más entrar sustituyen sus zapatillas deportivas por tacones rojos adornados con piedrecitas de cristal. Todas aguardan en orden en la barra con su “copa” hasta que alguien las saca a bailar. Todas podemos entender que en la situación de guerra en que se encuentran poder “disfrutar” de algo de ocio, significa un lujo.
No penséis que el hecho de redactar este post de esta manera significa que hay un reducto en algún rincón de siria donde nadie se entera de la guerra. No, solo intentan olvidar por una hora la realidad que encontraran al salir de ese sótano donde han estado bailando un rato disfrutando de un momento y una vida a la que tienen derecho y se les ha arrebatado. Al salir saben que la realidad está al abrir esa puerta de sótano, donde la responsabilidad de la supervivencia recae sobre todos los componentes de la familia, donde todos deben compaginar estudios y trabajo, si son afortunados.

Los bares proliferan en la capital: triplican ya la oferta de la preguerra. Medio millón de sirios  combaten en el frente, mientras el resto, unos 22,5 millones de civiles, prosiguen su vida como pueden.  En la Siria de hoy coexisten muchas realidades en las que sus protagonistas, los habitantes, viven vidas paralelas según clase social a la que pertenecen y sobre todo bajo que fuerza militar se encuentra el lugar donde viven.
Damasco alberga a nueve millones de personas, de los cuales un tercio son desplazados llegados de las cuatro esquinas de Siria, lo que convierte la capital en un minipaís en cuyas calles se mezclan acentos y vestimentas y su nuevo himno es “Estamos vivos, damos gracias a Dios”.
Pero cada vez aumenta más la proporción de mujeres frente a los hombres absorbidos por el frente o por la inmigración.
En las aulas el 70% de los que estudian son mujeres. “Los chicos están en el frente, bajo tierra o en Alemania”. A los viejos amigos se les suplantan los nuevos, con 45000 estudiantes llegados de las zonas calientes, como se refieren a las áreas donde hay combates, en busca de una educación gratuita. 

Los sirios desenpeñan diferentes trabajos los siete dias de la semana, y en casa sortean la falta de infraestructuras. En los últimos meses disfrutan de tener luz durante 8 horas al día y vuelve a haber agua. Se utiliza más las bicicletas debido al factor de subida de carburante difícil de asumir y los controles de carretera  que producen grandes atascos.
El embargo y la economía de guerra están a punto de extinguir a la clase media. La lira siria se ha devaluado en un 900% desde 2010. La oferta de turismo interno se limita a la costa de Latakia, base de operaciones de los cazas rusos.
La alta burguesía siria que apoya al régimen se puede permitir permanecer ajena al conflicto. Docenas de clientas aprovechan las rebajas de las grandes marcas en una tienda de la capital. Un pañuelo de Dior cubre el cabello de Alaa, que junto a sus amigas juega cada tarde a las cartas aferrada a un narguile en el barrio de abu Rumana, el más chic de damasco. Allí los generadores suplen los cortes de electricidad en lujosos apartamentos. Entre semana,  degustan la variedad gastronómica que ofrecen sus restaurantes, desde el sushi hasta la cocina italiana. Para ellas,
Damasco se cuenta en un puñado de calles a las que ni los morteros rebeldes dan alcance.
En la otra punta de la geografía siria, los pacientes mueren bajo las bombas o de enfermedades crónicas por falta de tratamiento u hospitales. Más de 11 millones de personas han abandonado sus hogares huyendo del constante mirar al cielo por lo que parece un proyectil, aunque el rugido solo sea el tubo de escape de una moto. Wafaa Alshalabi estima que 7 de cada 10 sirios sufren de estrés postraumático.

A medida noche, la luz de las bombillas cierran y las jóvenes cambian sus zapatos rojos con cristales brillantes por  sus deportivas.
Esta es la cara y la cruz de una guerra y las injusticias que tienen que vivir su pueblo sin haberlo querido y creo que tampoco merecido.

Montserrat A

DAMASCUS: LIFE
Years ago I visited Damascus and several cities right now and because of the long war are being destroyed. The situation saddens me by many circumstances: first, because I met him in his cultural splendor, its friendly and open people, food magnificent ... but now has changed and see if the end is near.
But there is life beyond the front but we can not shoot rockets. A dance, a restaurant or go to class have become fleeting pockets of normality in the capital of a country torn apart by five years of war. The core idea of ​​this post has been made based on an article written by Natalia Sancha The weekly Country of April.

When we talk about a dance, let us have no idea of ​​our concept of "local" to listen to music, I speak of a basement with several couples dancing salsa and just entering replace their sneakers for red heels decorated with pebbles of glass. All await in order at the bar with his "cup" until someone brings dance. We can all understand that the war situation in which they are able to "enjoy" some leisure, means a luxury.
Do not think that the fact of writing this post in this way means that there is a redoubt Syrian somewhere where nobody knows war. No, just try to forget reality for an hour they found to get out of that cellar where they have been dancing a while enjoying a moment and a life to which they are entitled and has been taken from them. On leaving they know that reality is to open the basement door, where responsibility for survival rests upon all members of the family, where everyone must combine studies and work, if they are lucky.

Bars proliferate in the capital and supply tripling prewar. Half a million Syrians are fighting on the front, while the remaining approximately 22.5 million civilians, continue their life as they can. In Syria today coexist many realities in which its protagonists, the inhabitants live parallel lives as social class to which they belong and especially under that military force is the place where they live.
Damascus is home to nine million people, of whom one third are displaced people coming from the four corners of Syria, making the capital a MINIPAIS whose streets accents and clothes are mixed and their new anthem is "We are alive, we thank Goodbye".
But each time further increases the proportion of women versus men absorbed by the front or immigration.

In classrooms 70% of those studying are women. "The guys are on the front, underground or in Germany." Old friends were supplanting the new, with 45000 students coming from hot areas, as they refer to areas where there is fighting, looking for a free education.
Syrian desenpeñan different works seven days a week, and at home they circumvent the lack of infrastructure. In recent months they enjoy having light for 8 hours a day and there is again water. bicycles factor due to rising fuel difficult to assume and roadblocks that cause traffic jams is used more.
The embargo and the war economy are about to extinguish the middle class. The Syrian lira has depreciated by 900% since 2010. The supply of domestic tourism is limited to the coast of Latakia, home base of Russian fighters.
The high bourgeoisie that supports the Syrian regime can afford to remain outside the conflict. Dozens of customers take advantage of the discounts of the big brands in a store in the capital. A Dior scarf covering the hair Alaa, who plays with her friends every evening at clinging letters to a hookah in the neighborhood of Abu Rumana, the most chic damask. There generators supplement the power outages in luxury apartments. Weekdays, taste the culinary variety offered by its restaurants, from sushi to Italian cuisine. For them, Damascus is counted in a handful of streets that rebel mortars or give scope.

At the other end of the Syrian geography, patients die under the bombs or chronic diseases due to lack of treatment or hospitals. More than 11 million people have left their homes fleeing constantly looking at the sky for what looks like a projectile, but the roar is only the exhaust pipe of a motorcycle. Wafaa Alshalabi estimates that 7 out of 10 Syrians suffer from PTSD.
As night light bulbs close and girls change their bright red shoes with crystals for their sport.
This is the face and the cross of war and the injustices they have to live without having loved his people and I think not deserved.


Montserrat A