lunes, 28 de diciembre de 2015

MUJERES EXCEPCIONALES: SETSUKO HARA

No ha habido nadie como ella en el cine japonés, y pocas actrices pueden rivalizar con ella en la historia del cine. Setsuko Hara, leyenda de su país, musa de Ozu, murió el pasado 5 de septiembre a los 95 años víctima de una neumonía, aunque ha sido esta semana cuando se ha conocido su fallecimiento. Retirada en 1963 –justo el mismo año en que murió Yasujiro Ozu, el director que la colocó en el Olimpo cinematográfico- a los 42 años, vivió semirrecluida en su pequeña casa en Kamakura (a 50 kilómetros de Tokio), la ciudad donde había rodado algunas de sus películas con Ozu, sin conceder entrevistas. Nunca dio muchas explicaciones de su prematura jubilación, salvo para rechazar que su abandono de la interpretación tuviera que ver con la muerte del cineasta. En Japón era conocida como ‘La eterna virgen’, por su imagen en pantalla y porque en la vida real nunca se casó.

Con Yasujiro Ozu rodó seis obras maestras, entre ellas 'Cuentos de Tokio'
Nacida como Masae Aida en Yokohama en junio de 1920, de familia numerosa –tuvo cuatro hermanas y tres hermanos-, su carrera artística comenzó a los 15 años. Una de sus hermanas estaba casada con el director Hisatora Kumagai, y así logró empezar a trabajar en los estudios Nikkatsu. Se hizo conocida con la coproducción germanojaponesa La hija del samurái (Arnold Fanck & Mansaku Itami, 1937), un drama que le llevó de gira por Europa e incluso hasta Hollywood, donde Marlene Dietrich le sirvió de anfitriona. Durante la Segunda Guerra Mundial trabajó en películas propagandísticas, y su estrellato se reafirmó al finalizar la Segunda Guerra Mundial en filmes como El baile en la casa Anjo (1947) o Blue Mountains (1949), y sobre todo con No añoro mi juventud (1946), de Akira Kurosawa. En ellas daba vida a la nueva mujer japonesa, que buscaba un futuro brillante. Con Kurosawa repitió en 1951 en El idiota.

Ahora bien, si el nombre de Hara estará eternamente marcado en el panteón de las estrellas es gracias a sus seis películas con Yasujiro Ozu. Cuando filmó la primera en 1949, Primavera tardía, Hara ya tenía en su currículo 67 largometrajes. Pero Ozu la elevó, supo fotografiar un rostro casi enigmático y lo suficientemente dúctil como para que interpretara para el maestro todo tipo de personajes femeninos, a los que les une, en esta media docena de filmes, que son mujeres solteras, a las que su familia les quiere casar, y dotadas de una sonrisa tan humana como desarmante Tras Primavera tardía llegaron Principios de verano (1951), Cuentos de Tokio (1953) –es la llamada trilogía Noriko por el nombre de sus personajes-, Crepúsculo en Tokio (1957), Otoño tardío (1960) y El otoño de la familia Kohayagawa (1961), todo un conjunto de obras maestras. En Cuentos de Tokio, película que sale entre las cinco mejores de la historia en los diversos listados de los críticos, encarnaba a una viuda, cuyo marido falleció en la guerra, y a la que su ex familia política le empuja a casarse de nuevo.

También trabajó con otro grande del cine japonés, Mikio Naruse –uno de sus primeros valedores ya desde un cortometraje en los años 40–. Hara protagonizó El almuerzo (1951), La voz de la montaña (1954), Chaparrón (1956) y Daughters, Wives and a Mother (1960). En las tres primeras era una esposa descontenta, en la última ya era viuda.

Con 42 años, tras estrenar Chushingura, Setsuko Hara decidió retirarse de la interpretación y de la vida pública. En la conferencia de prensa en que anunció la noticia, confesó que en realidad nunca había disfrutado la actuación y que lo hizo para mantener económicamente a su familia. En 2001, la película anime Millennium Actress se basó parcialmente en su vida, la del rostro más popular del cine japonés de los años cincuenta, una de sus épocas doradas, una cara a la que el historiador Mark Cousins le rindió tributo en uno de sus momentos más acertados de su serie documental Historia del cine. (Artículo publicado en El País versión digital 27/11/2015 por Gregorio Belincho)

La virgen eterna, como se la llamó , fue la imagen límpida de una paradoja. Ella, en su trayecto perfecto por las seis películas que rodó con Ozu, representó a la nueva mujer japonesa después de la fractura de la Segunda Guerra Mundial, pero lo hizo como tocaba: sin que ene le adjetivo de “moderna” se colara una brizna de optimismo. El fatalismo de una nación entera era ella.
Sea como sea, nunca le perdonaremos haberse negado a envejecer en pantalla. Aunque quizá, sin ozu, ya nada tenía sentido. En silencio.( Luis Martínez, El Mundo  4 de diciembre)

Montserrat A