domingo, 13 de julio de 2014

HAMBRE PSICOLÓGICA

 EL HAMBRE PSICOLÓGICO
La ansiedad dispara en la gente la necesidad de comer
constantemente, aun cuando no lo necesite. Aprender a controlar es clave para bajar de peso.

Existe un tipo de apetito, un impulso de comer que no se da precisamente por la necesidad fisiológica de consumir alimentos, sino por la ansiedad. Se trata del hambre psicológico, y para Rubén Bravo, portavoz del Instituto Médico Europeo de la Obesidad ( IMEO) y experto en nutrición, reconocerla es vital para dejar de comer en forma excesiva.
“Para muchas personas con sobrepeso-dice Bravo- la cuestión no es qué comer, sino cuándo parar de comer”, y recuerda que hoy la gente consume muchas más calorías de las que necesita.
Según Bravo, es importante  saber distinguir entre el hambre  que surge a raíz de una necesidad del cuerpo y la ansiedad. A esta última la describe como el “hambre psicológica” , que puede ser estimulada por las emociones, la tendencia depresiva, la glotonería o el simple aburrimiento.
El primer paso para hacerle frente a la ingesta excesiva, es asegurarse de no tener hambre comiendo pequeños bocados o entremeses, entre cinco y siete veces al día.
“las personas que se ven obligadas a desayunar o cenar muy temprano o muy tarde, deberían aumentar las ingestas habituales con pasabocas, que pueden ser un yogurt antes de ir a la cama, y una pequeña vianda no calórica a media mañana”, añade Bravo.
“El hambre producida porel ayuno es aliada de la ansiedad y los atracones”, dice.

PLANERA LA COMIDAS
Bravo insiste en la importancia de planificar la alimentación para no improvisar cuando el hambre ataque. Eso incluye llevar una lonchera con fruta, un bocadito y yogurt al trabajo, en lugar de sacar paquetes de la máquina expendedora.
Otra de las formas de aumentar la saciedad a lo largo del día es consumir siempre proteínas, carbohidratos y grasas saludables en cada comida principal; por el contrario, es conveniente “evitar los dulces y los hidratos de carbono simples o refinados que no sen integrales o con un alto contenido de fibra” señala.

Para rebajar la ansiedad, el IMEO recomienda no saltarse  las comidas y evitar dietas impersonales, demasiado estrictas o que limiten la vida social, porque a largo plazo fracasan.

De acuerdo con el IMEO, el indicador más claro de una ingesta impulsiva es comer  rápido, sin saborear la comida y terminar en pocos minutos con el palto. A este se suman el consumo de porciones enorme y el picoteo en exceso antes de los platos principales, comportamiento común entre las personas que llegan a su casa de trabajar en las noches.

Cuando es atacado por la ansiedad, intente comer despacio mientras logra tomar el control de la situación; escoja primero los alimentos  proteicos, que tiene mayor poder de saciedad.
Para aumentar la sensación de saciedad habrá que controlar  siempre  las cantidades grandes de comida y se evitan las comilonas, mejora la rigidez gástrica.  Cuando se come en exceso, el estómago se dilata y estimula mecanismos situados en sus paredes, que transmiten información a una zona llamada “centro de la saciedad”, que es una de las encargadas de indicarle al cuerpo que ya comió bastante. Si se acostumbra al estómago a recibir las cantidades justas de comida, se volverá más rígido y será mucho más fácil controlar el apetito.

El estress  y también la ansiedad, preparan  al organismo para la pelea; cuando las situaciones que los generan ocurren, éstos hacen que la corteza cerebral no se ocupe de otra cosa… mucho menos de comer. Pocas cosas acaban tanto como una preocupación, y gran parte de ese deterioro tiene su explicación en la falta de comida.

En los momentos de tensión  la corteza cerebral, ese lugar donde se produce el pensamiento, hormonas como el cortisol y otros glucocorticoides impiden recibir las sensaciones  de hambre y de malestar; en otras palabras, esas necesidades no se suplen.

Esa activación de la corteza cerebral no permite que zonas inferiores de este órgano regulen los tiempos de actividad y descanso, es decir que conciliar el sueño también se vuelve difícil. El problema es que el insomnio genera más  estrés, y éste aumenta la pérdida del apetito…

Las angustias aumentan  la acidez y la motilidad del tracto digestivo. Eso puede producir dolor diarrea, náusea y vómito, que hacen que las personas piensen en todo, menos en comer.

La comida está ligada al placer y en los momentos de tensión eso pasa a un segundo plano; la persona angustiada o estresada pierde, literalmente, el gusto por los alimentos. Cualquier bocado, por rico que sea, no estimula.

La angustia  se atenúa un poco con la respiración: inhale, lleve el aire a su abdomen, sosténgalo durante cuatro segundos, llévelo al pecho  durante cuatro más y exhale lento por la boa. Hágalo varias veces. Por mal que se sienta, trate de hacer ejercicio. Coma, así sea un poco, pero evite los azúcares,  y busque una distracción. Si ve que la cosa no mejora, corra, al médico. No se auto medique.

Montserrat A